viernes, 17 de noviembre de 2017

10ª Cajitas de laca, cajas de hojalata


- fotos, Ramsés -




En contraste con lo visto en las primeras veinticuatro horas que llevo en China, empiezo a echar de menos las construcciones típicas, aquellas que yo veía pintadas en las cajitas negras de laca y en aquellas otras cajas de lata, rectangulares, en las que se envasaba el ColaCao, aquellas cajas de cuando éramos pequeños y que todas las madres tenían por casa. En estas cajas se guardaban fotos, hilos, medicamentos, botones, postales, papeles, etc, según el cartelito que llevase la lata..., hilos, costura, fotos, medicinas... Aquellos dibujos con casitas de tejados curvados, de jardines, de pagodas, de abanicos gigantes, de paipáis, de naturaleza, árboles, lagos poblados de plantas de loto, de flores de loto, patos, barquitos, puentes, todo estaba ahí, trasladado a un escenario natural y a tamaño natural y en su entorno natural y cargado de años.


Entre agua y vegetación, reconocí aquellos árboles, aquellas construcciones, aquellos barcos, aquellos patitos, aquellos puentes de los dibujos de las cajas de laca, de las cajas de lata del ColaCao de mi edad adolescente. Cómo me gustaba mirar aquellas cajas, me gustaban por lo exótico, por lo lejano, porque jamás podría verlas al natural, porque quizá ya, ni existieran, solo en las películas y en aquellas cajas de hojalata y en las cajitas negras de laca decoradas con aquellos dibujos de paisajes chinos...


Inalcanzables paisajes que me encantaban. Y cincuenta años después los tengo ante mí, a nuestro alrededor, ahí están, ahí estamos, caminando entre ellos, entre calles y calles de casitas de tejados curvados, de farolillos rojos, de pagodas, de agua, de puentes, de árboles, de jardines, de templos. Están todos los dibujos de las cajitas como en un sueño, como en un sueño que en este momento, en este mismo instante acabara de hacerse realidad...


A las cinco de la tarde se cierran los espacios públicos, entre ellos los lugares turísticos, a las seis es la hora de la cena, y, a las siete de la tarde de agosto empieza a morir el día, pero no por ello se vacían las calles sino todo lo contrario, a esa hora precisa de, entre dos luces, la multitud se echa a la calle abarrotando aún más los centros neurálgicos de la capital. La iluminación de los edificios viste a la noche de gala, de brillo, de colores, de magnificencia, de magia.




domingo, 5 de noviembre de 2017

9 ª El futuro ya es presente


Su nombre es Shanghái Tower, a estas fechas, el segundo edificio más alto del mundo con 632 metros de altura. Para acceder al mirador dispone del ascensor más rápido del mundo, sube 119 plantas en 53 segundos, la velocidad se siente y también puede hacerse visible se aprecia en la pantalla que hay dentro del ascensor. El Ascensor del Shanghái World Finantial Center, hace que te sientas como dentro de una lanzadera, el ascensorista advierte que a partir de la planta x notaremos presión en los oídos. El confort dentro del elevador es como si se estuviera flotando y, a la vez, lanzado a gran velocidad...
Lo que se divisa desde aquellas alturas es inenarrable, desde lo alto pueden invadirte y lo consiguen no sé cuántas sensaciones, entre ellas predomina la sensación de haber realizado, después de casi catorce horas de vuelo, un viaje espacial al futuro, a más de cincuenta años después. Y, que ese futuro está ahí mismo delante de tus ojos como una aparición surrealista perteneciente a esa otra dimensión de los sueños..., aquí el futuro ya es presente...

No hablaré más de estas imágenes, entre otras cosas, porque me han dejado sin palabras, solo apuntaré que entre el complejo arquitectónico recién nacido, aparece el antiguo cauce reafirmando su senda milenaria. Las aguas del río Amarillo, ahí mismo, ahora, en nuestros tiempos, en este tardecer de agosto del 2017. La corriente sigue su curso bordeando límites y fronteras, tierra agua, serpenteando entre calles principales y grandes avenidas de la capital asiática. Mirarlo desde las alturas o desde la cercanía de sus orillas, admirar esa extensión de agua, tiene el poder de transportarnos en solo unos segundos, a la época de la creación del mundo, y te provoca, y te da por pensar que, el río lleva ahí, inamovible, desde los tiempos de los tiempos, el mismo río que, todavía, bordea la gigantesca metrópolis del s., XXI ...

La imagen de portada de este blog está disparada desde el mirador de la planta 119 (el rascacielos consta de 128 plantas, el mirador se encuentra en la 119) y corresponde al Centro Financiero Mundial de Shanghái  (Pudong) 


fotos: Ramsés


lunes, 30 de octubre de 2017

8ª - Viaje espacial al futuro (Skyline de Shanghái)

Ahora que ya estoy aquí se me hace que el día pasó como en un soplo seguido de una noche fugaz y sin hacerse oscura... Son casi las ocho de la mañana hora de Shanghái.
Mi hijo y yo vamos a coger el tren que nos lleva del aeropuerto al centro neurálgico de la capital, no es cualquier tren, es nada menos que el tren de levitación magnética considerado, hasta  el momento, el más rápido del mundo. Ahí está delante de mis ojos, parece una nave espacial en forma de gusano gigante de esas que salen en las películas de ciencia ficción. Me quedo obnubilada mirando y admirándolo, reconozco que me da un poco de miedo entrar, pero prefiero ni pensarlo, la curiosidad y la expectación es mucho más grande que mi miedo. Dentro las sensaciones también se echan a volar a gran velocidad, sí, siento como si estuviera dentro de una de esas pelis de ciencia ficción.

Cómo dicen que funciona: no tiene contacto con ninguna superficie, está sustentado en un campo de gravitación magnética, que sirve también para propulsar el vehículo. Tren Maglev Shanghái Pudong. Impresiona, sobrecoge.
El tren nos deja en el Centro Financiero Pudong. Y aquí piso por vez primera la calle, en contraste con la temperatura de aires acondicionados en la que había estado en las últimas quince horas, el calor húmedo me aplasta, la sensación es como si alguien hubiera abierto la puerta del horno, de un horno enorme. Apenas damos una vuelta entre los inmensos rascacielos  me veo en la necesidad de entrar en cualquier sitio donde no se sienta este agobiante calor... Ahí hay un Starbucks café, me resulta tan familiar..., Madrid tiene varias franquicias de estos locales, se está fresquito. Estos cafés Starbucks están de moda en China y gozan de cierto prestigio, allí nos quedamos un buen rato amortiguando el calor espantoso e inimaginable, nada que ver con el de aquel verano en Alicante, he de empezar a asumirlo si no es muy posible que me arruine el viaje. Agua y mas agua, botella tras botella de agua mineral que, a partir de ya, vendrán conmigo a toda partes.

Esta es la primera foto en China, un selfie como se dice ahora, esta foto con mi hijo es la primera de cientos de fotos que vendrían después en ese afán mío de querer fotografiarlo todo. Pisar este suelo, el calor de estas tierras, la humedad, las calles llenas de gente, la multitud con sombrillas o paraguas intentando amortiguar el calor abrasador de un sol invisible. Personas de todas las edades con mascarillas. El cielo marrón, el sol que no alumbra, el sol sin sombras, el sol que semeja una luna de día, de color blanco, como de color de nube. El contraste del color verde aporta frescura al ambiente aunque solo sea una ilusión óptica, la cantidad de árboles que abundan por las calles han de poner sombras en las aceras y hacer que la densa atmósfera metropolitana se soporte un poco mejor. Pero solo en la imaginación, porque no se distingue, no se aprecia el sol y sombra. Es un sol sin sombra oculto en un cielo de color marrón.

El entorno, la multitud, la metrópoli, la mega ciudad, pensar que por aquí transitan cerca de veintiséis millones de habitantes, el parque móvil con sus coches eléctricos de alta gama, se mezclan con avalanchas de bicicletas, motos, taxis, autobuses, tranvías, mini vehículos modernos y otros tantos que parecen hechos de fabricación casera. La extrañeza de los chinos ante los extranjeros..., sorprende que se queden mirando sin discreción alguna y más cuando se acercan y piden, por favor, si pueden hacerse una foto contigo, simplemente por ser extranjero...

Adentrarse en la arquitectura del distrito financiero Pudong. Deambular entre las alturas entre la magnificencia de sus edificios es más que impresionante, uno puede llegar, en el mismo momento, a sentirse grande y también del tamaño de una hormiga, el entorno te invade, te sobrepasa  y te ocupa la tremenda sensación de estar realizando un viaje espacial al futuro ante todo aquello tan excesivo en su línea... Y tan nuevo todo y, hoy por hoy, tan carente de historia.





domingo, 29 de octubre de 2017

7ª - Y la luz se hizo



A buen paso, y todos en la misma dirección nos dirigimos a los puestos de control que se ven a lo lejos. Ante nosotros, múltiples pasillos trazados con cintas separadoras distribuyen a los pasajeros en distintas direcciones, uno no puede evitar sentirse como dentro de un laberinto. Me detengo unos instantes para sacar mis gafas, de cerca, del bolso de mano, un bolso grande que llevo a rebosar de cosas, por fin las localizo, las saco del estuche, guardo el estuche, me pongo las gafas y compruebo una vez más que el formulario va dentro del pasaporte, emprendo la marcha de nuevo mientras voy echando un vistazo a mi "salvoconducto" Levanto los ojos de los papeles y me veo rodeada de mis compañeros de pasillo originales del país, solo chinos, la vista no me alcanza a ver a ningún occidental ni siquiera veo a mi compañero de asiento que llevaba todo el rato de aeropuerto pegado literalmente pegado a mi derecha, a dos pasos ¿es que no me ha visto desaparecer para haberme avisado de que me equivocaba de "cinta separadora"? Todos las personas chinas que tengo a mi alrededor me miran con extrema curiosidad y murmuran entre ellas. 


Ya estoy más que segura de que algo he hecho mal, me he perdido entre la multitud y no estoy en el sitio que debería estar ¡ay, Dios mío! A un buen tramo de distancia localizo un policía o a mí me lo parece, uniformado, armado..., y paso por debajo de la cinta separadora y voy hacia él (la oveja ha salido del redil) todo el mundo mira y sé que hablan de mí aunque yo no entienda nada de lo que dicen. Ya sé, me he perdido, gracias compañero de asiento por dejar que me perdiera, ¿será posible!?  ¡Estirado...!

El supuesto-policía me ve llegar, a lo lejos, y me mira con cara de circunstancias, pero yo sigo derechita a él.  Y él, por fin, viene a mi encuentro, lo primero de todo, dice:

 -¿Speak english?

Eso si lo entiendo, está dentro de mi vocabulario de las diecisiete palabras en inglés que sé. El policía me mira, estupefacto, al oír mi respuesta de NO ¡no!. Creo, firmemente, que el hombre se estaba preguntando ¿qué hace esta mujer aquí sin saber hablar inglés? Yo se lo leía en su mueca de poema.

-NO ¡no!, le respondo así de rotunda al tiempo que le muestro mi pasaporte abierto por la página del  sellado de la visa o visado.


Él se asoma a la página durante unos segundos y con mímica me indica que le siga hasta allí, hasta donde están las ventanillas de control, y sonríe. Yo lo sigo durante los casi cien metros de distancia cruzando por los claros que dejan los pasillos de las cintas separadoras. Cuando vamos acercándonos a control veo a mi compañero de asiento a la vez que él también me contempla con cara de circunstancias. Por orden de la fila ya le tocaba a él pasar a ventanilla, pero el policía que me acompaña, en vez de dejarme en el final de la cola, me deja en el mostrador de control justo cuando iba a pasar mi compañero-estirado, también en ese momento habló su cara, sin decir nada, algo avergonzado me pareció que estaba, cuando me vio aparecer delante de sus ojos "robándole" su lugar de orden en la fila de extranjeros. Así ocurren las cosas, así los caprichos de la vida, nos coloca, nos cambia, nos trae y nos lleva de un sitio a otro, aunque uno se haya perdido, la vida lo encuentra y va y lo coloca el primero de la fila... 

-¡¡¡Thank you!!!  -le digo, efusiva, al poli, con mi más sincero agradecimiento.

-OKEY, bye -me responde con una bonita sonrisa.     

Y se hizo luz ese instante en que pude recoger mi equipaje de la cinta transportadora, y se hizo más luz en el momento en que se abrió la puerta de la sala de espera y vi a mi hijo en primera fila rozando, traspasando esa otra cinta separadora, y allí el espachurrante abrazo, largo, largo, tan largo y tan fuerte como aguantaron las costillas, tan profundo como aguantó la respiración, como aguantó el huracán de emociones que hacía dar saltos al corazón derramando lágrimas de alegría y de..., y de... ¡Y la luz se hizo!

viernes, 27 de octubre de 2017

6ª - ¡Hágase la luz...!


El avión ha tomado tierra y está tardando una eternidad en detenerse, por la ventanilla se ven aterrizar otros aviones, y a lo lejos, otros tantos levantan el vuelo. El avión de Iberia, mi avión, sigue rodando. Desde la ventanilla todavía no se vislumbra el edificio del aeropuerto, rueda un poco más y de pronto saltan los pilotitos de luz anunciando que podemos desabrocharnos los cinturones, el avión se ha parado, suenan algunos aplausos por la nave. Como en un resorte todos nos ponemos en pie, todos queremos dejar ya el asiento, los pasillos se colapsan recogiendo equipajes de mano y otros, sin él, se dirigen hacia las puertas de salida tratando de llegar los primeros, los más nos quedamos parados casi en el sitio del asiento porque aquello no avanza, se ha formado un gran atasco.


La impaciencia, mi impaciencia, también se hace notar y se rebela y me revuelve por dentro y se ensancha y me va como llenando y me ocupa toda y amenaza con volverse llanto. Quiero llegar a la sala de espera, quiero ver a mi hijo, quiero abrazar a mi hijo y lo quiero ya, ya mismo ¡ahora mismo!

Invadiendo el espacio físico de las personas hay quienes, a trompicones, consiguen  abrirse hueco y avanzar por el pasillo, pero yo no quiero que me apretujen ni que me aplasten el bolso ni que no pueda controlar el pasaporte y el formulario que llevo en mi mano derecha como un salvoconducto. 

Increíble, pero pasado un buen rato, aquella turba ha conseguido descongestionarse y ya fluye, fluye en riguroso orden de no invasión de los espacios físicos entre personas, ha entrado en la normalidad  de una fila ordenada en movimiento. Nos movemos hacia la salida. Andamos el túnel transparente y portátil que une y comunica la puerta del avión con la entrada en el aeropuerto, caminamos ligeros, más que ligeros, ansiosos por llegar.


Todo el pasaje del avión que somos muchos, no sé cuantos, pero muchos, caminamos juntos como en rebaño, nos dirigimos a la zona de controles, de vista ya nos conocemos, cada departamento del avión camina junto a sus compañeros de vuelo, a mi derecha, casi pegando a mi, va mi compañero de viaje el chico-estirado que camina diligente con su mochila de loneta como si se moviera por su casa en aquel espacio infinito del aeropuerto gigante de Shanghái que muestra, para mi disgusto, todos los indicadores escritos en chino y en inglés, no sé por donde voy, pero sigo la manada en una relativa calma cuando, de pronto, salen todos corriendo en desbandada. Y, aunque ya no tengo cuarenta años, como aparenta mi compañero de asiento, consigo seguir el ritmo que de nuevo se amortigua, ahí estamos todos, otra vez, rodeados de los conocidos desconocidos.

lunes, 16 de octubre de 2017

5ª - Como en las nubes


Con la suma de todas estas "abstracciones" y sobre todo con la emoción del viaje, las horas de reloj empezaban a acortarse. Pero a mí lo que más me atrae es mirar por la ventanilla y observar en pantalla el avance del trayecto, paso a paso. Lo demás, casi todo lo demás que ofrece el vuelo dentro del avión, lo tenía en mi cotidianidad diaria, me refiero a lectura, al cuaderno de notas, música, películas, documentales, prensa, mi cámara de fotos, mi viejo y anticuado móvil sin conexión a Internet. Todas esas cosas que llevamos encima, más o menos y que van con nosotros a todas partes. 
Mirar el cielo desde esa altura, atravesar las nubes, cruzar países desde lo alto a no sé cuántos kilómetros por hora, pero muchos, eso no podía hacerlo todos los días, con lo cual, me pegué al cristal de la ventanilla y al cristal de la pantalla siguiendo el dibujo del avioncito que me iba contando al minuto, dónde estábamos:


Madrid, Segovia, Aranda de Duero, Burgos, Vitoria, Bilbao, Golfo de Vizcaya, Francia - París, Bruselas, Ámsterdam, Mar del Norte, Kattegat -lago mar- Copenhague, Suecia, Mar Báltico, Golfo de Finlandia, San Petesburgo, Montes Urales, (Rusia) Uray -muchos lagos, Frente Norte (Mar de Kara - Océano Ártico) sur de Kazajistan (Rusia) Mongolia, Desierto de Gobi, norte de Corea del Sur, China, Pekín-Beijing mar de China Oriental, Shanghái...


Llegados a este punto, a través de la ventanilla se aprecian como tres alturas de nubes de diferentes formas según la capa de altitud, sobrecogedor y bello espectáculo que se va haciendo más impactante, si cabe, cuando aparece el sol en todo su esplendor en todo el medio del óvalo de la ventana y se percibe como por debajo de la altura del avión, por debajo del nivel del ala, miras abajo y ves el disco solar, perfecto en su forma y en su brillo..., se refleja en el mar en la desembocadura del río Amarillo. Agua, agua, es agua, haciendo efecto espejo... un "trampantojo" tan "real"...

Estamos llegando a Shanghái. Las emociones apenas calmadas, apenas adormecidas, empiezan a despertar, a revolverse por dentro, a querer salir por los ojos, arrastrando el corazón en su carrera, acelerando sus rítmicos latidos, después una voz de hombre por megafonía..., "señores pasajeros habla el capitán..., estamos llegando al aeropuerto de Shanghái donde aterrizaremos a la 01:30 de la mañana hora española, 07:30 de la mañana hora de Shanghái." Y continua informando sobre, temperatura y climatología a día de hoy.

Las pantallas incorporadas a los asientos muestran el final del trayecto, no se ha hecho largo, entre expectantes raciones de ventanilla mezcladas de esperanza, visualizando, en infinitas intermitencias el encuentro con mi hijo en la sala de espera del aeropuerto, ese abrazo, el espachurrante abrazo que nos va a hacer crujir las costillas. Ahora que estoy tan cerca se me hace que el día pasó, como en un soplo, seguido de una noche fugaz y sin hacerse oscura, apenas si se hizo la noche como en uno de esos viajes espaciales de cine.

Apenas si puedo ya parar en el asiento. La impaciencia que no ha asolado las horas de vuelo hace acto de presencia y amenaza con levantarme del asiento antes de lo debido. Es ahora que solo quedan minutos, pocos minutos, para dejar el avión cuando empieza a hacerse más largo el viaje. Quiero bajar ya, quiero ver a mi hijo, ya, lo estoy viendo en mi imaginación esperándome en el aeropuerto...


domingo, 15 de octubre de 2017

4ª - Uno de los tres espacios de la "cápsula" herméticamente cerrada




El avión se llena a partes iguales de españoles, chinos y gentes de otros países europeos y de otros continentes, aunque en menor proporción. Hay muchos niños, los chinos llevan muchos niños que se portan admirablemente durante el largo trayecto, entretenidos con sus "maquinitas" cuentos en formato papel, juguetes, pelotitas antiestrés, pero es con las pantallas que llevan incorporadas los asientos, con lo que más se entretienen, rebuscan en el menú entre la variedad de películas; temas, idiomas, subtituladas, documentales, programación infantil con dibujos animados, vídeos musicales, etc., los adultos también nos hemos pegado a esas pantallas, sobre todo, consultamos el mapa de ruta del avión, el itinerario de 10.263 kilómetros hasta Shanghái.

Además de la prensa internacional que ofrecen las azafatas, los mayores vamos provistos de libros, y algunos de cuadernos de notas. Yo llevo la novela que estaba leyendo, Los buscadores de conchas de Rosemunde Pilcher, es la primera vez que leo a esta autora, casualmente por un comentario que me hizo una lectora de "Los hilvanes del tiempo" cuando me dijo: Isa, al leerte ahí, me has recordado a la escritora Rosamunde Pilcher. Yo no había oído nada de esta autora, así que bajé a la biblioteca y cogí "Los buscadores de conchas",al parecer, esta es su novela más famosa de las muchas que ha escrito, y ya me había leído la mitad cuando inicié el viaje.

De compañero de asiento llevo un chico español de unos cuarenta y pocos años, de apariencia altiva,  trato correcto y poco hablador, intercambiamos unas frases a las horas de las comidas y, en un momento dado, él me dice que sobrevolábamos el mar Báltico, y, poco más, en todo el vuelo, el chico no supo mi nombre ni yo me interesé por el suyo. También iba metido en su libro de papel "Cuatro libros" se titulaba, creo que eran filosofías de Confucio, y también de cuando en cuando abría su bloc de notas y escribía a boli.

El sol de media noche se cuela por las ventanillas hasta deslumbrar, se bajan todos los estores y el avión se queda en la acogedora penumbra de las lucecitas de lectura y del resplandor de las pantallas de plasma de cada asiento. Luz, luces artificiales para alumbrar la noche artificial. De pronto, se siente frío, el avión ha debido subir mucho más alto o quizá sea la zona que estamos sobrevolando. Se despliegan las mantas, las mantitas rojas del pasaje y el interior del avión se vuelve de color rojo. En poco tiempo, todos duermen, aparentemente todos se han dormido menos mi compañero de asiento y yo que leemos en nuestros libros de papel, escribimos a boli en los cuadernos de notas  y consultamos la pantalla de ruta a ver por dónde llegamos, en silencio, todo en silencio, se ha hecho el silencio. En medio segundo hago un abrir y cerrar, subo unos centímetros la ventanilla y aparece con un fino borde de escarcha. Escarcha en agosto, me digo, qué grande, qué bonito. El compañero de asiento levanta los ojos del libros y echa un vistazo a ese abrir y cerrar, todo en silencio, después continuamos leyendo y escribiendo, calladitos.

Cuando el personal del avión nos pasó el formulario a rellenar, escrito en chino y en inglés, mi compañero de asiento lo rellenó en dos segundos, yo me levanté con mi papel y me fui hasta el sitio donde están las azafatas, con su ayuda pude rellenar dicho formulario.

Parece ser que ya no se habla en los viajes con el compañero de al lado como se hacía hace unos años, ahora cada quien va con la atención metida en sus cosas. Se sale  mentalizado desde casa de todas las horas que va a durar el vuelo, y se hace acopio de  provisiones, de todas esas cosas que gusta hacer y que se pueden llevar consigo durante el viaje.