miércoles, 17 de enero de 2018

2ª parte: Cielo marrón, tierra verde, abundancia de agua




El paisaje que se contempla desde el tren sigue apareciendo de color verde en la tierra, predominan los árboles, una arboleda continua desde todas las horas que dura el viaje, y vuelvo a recordar que son seis en tren de alta velocidad. Y hablamos otra vez de las distancias comparando la extensión de China en la cual podría caber toda Europa.
De cuando en cuando aparecen, por el suelo, unas bandas grises inmensas que resaltan en el verdor, es el color del asfalto de grandes carreteras coronadas por enormes puentes. En la amplia maqueta verde aparece el agua, las aguas, espejos de agua interminables, ríos caudalosos, lagos inmensos, lagunas, el agua se hace presente durante casi todo el trayecto.

A lo lejos las montañas de tamaño imponente y muy verdes. Vuelven a asomar los rascacielos, y varias pagodas salteadas por el campo, y poblados de casas bajas, y viviendas de estilo antiguo, y campos de cultivo, y zonas industriales, y naves, y pueblos, y arrozales, y plantaciones de bambú, y campos de te, y barquichuelas de una o dos personas pescando o simplemente trasladándose a los campos o a sus casas por los caminos de agua, todo diferente a lo conocido, todo parece de juguete y sobre todo recuerda a los documentales de la televisión española, esos que emite la segunda cadena, y todo parece lejano, y todo parece irreal, pero no, está ahí, son los trabajadores del campo o del agua, bajo los cónicos sombreros de paja o de bambú que, supuestamente, los protegen del calor extremo que irradia ese sol invisible, y todo es de verdad, transitan por su hábitat, en sus campos, en sus pueblos, en sus casas, en familia.

Y me vienen a la memoria aquellos días en la escuela rural de mi infancia, aquellos días de los años cincuenta en que se hacía una colecta para "bautizar" a los "chinitos" a los pobres chinitos y a los chinitos pobres. Había que cristianizarlos para que dejaran de ser "infieles". Recuerdo aquellos dibujos en forma de cómics, con viñetas, impresos en hojas de papel de seda, se parecían al paisaje que muestra ahora la ventanilla del tren. Cada hoja de papel de seda costaba dos reales o una peseta y ese donativo, esa limosna haría que bautizaran a un chinito. Estas hojas se llamaban chinitos. Y cada hoja, comprada, suponía un chinito bautizado... (¡Válgame el Cielo!)


El cielo, durante el camino, al igual que en Shanghái, continúa siendo de color marrón y es ese mismo cielo que solo en escasos instantes deja entrever un sol blanco, mate, de color de nube, ese sol sin luz, sin brillo, ese mismo sol que no proyecta sombras pero desprende un calor inimaginable. Y asombra y sorprende que todo esté tan verde y es agosto, es verano, no cualquier verano un verano intertropical asfixiante, solo la mirada detrás del cristal resulta fresca, pero esa frescura verde es solamente un trampantojo.


El tren se detiene solo unos instantes, hemos llegado a Nanjing, su nombre significa Capital del Sur,  es la antigua capital de la República Popular China anterior a Pekín-Beijing, cuyo significado es Capital del Norte. A Nanjing la cercan más montañas cubiertas de verde esparcidas en el horizonte donde resaltan, como manchurrones geométricos, los colores de los rascacielos de otra de las inmensas metrópolis chinas contrastan con el color verde que tiñe la tierra, con el tono marrón ya casi dorado del cielo, con el brillo plateado y límpido de los espejos de agua de todos los ríos, lagos, acequias, pantanos, albercas y canales que enlagunan el suelo.

Y así, a primera hora de la tarde, hemos llegado a nuestro destino, Beijing. Es jueves, 17 de agosto de 2017. La diferencia horaria Madrid-Pekín-Shanghái es de siete horas en invierno y seis horas en verano.  

sábado, 13 de enero de 2018

15 ª Cielo marrón, tierra verde, abundancia de agua.

Shanghái, estación de trenes de alta velocidad.
-Mamá, vamos a La Gran Muralla o a ver Los Guerreros de Xi`an. Elige.
-¡¡¡Oh, Diosss...!!!  Pero yo..., yo estoy feliz con estar..., y muy a gusto estando en Shanghái contigo, y además en esta ciudad creo que hay mucho para ver, y yo no había pensado ni por un momento que pudiéramos viajar a otro lado...
-Venga mamá, vamos a ir a uno de esos dos sitios, ya que estás aquí... No me digas que no te gustaría.
-Sí, sí me gustaría y mucho. Pues y ¿cúanto está de lejos?
-Como Madrid-París.
-¡Madre mía! pero eso es muy lejos.
-Sí, así son aquí las distancias.
-¡Uf! ya veo.
-Venga mamá, elige. Vamos a ir a uno de los dos sitios, donde tú quieras. Dime si quieres ir en avión o en tren de alta velocidad.
-Vi una exposición de Los Guerreros de Xi`an en la Fundación Canal, y creo que puedo hacerme una pequeñísima idea de cómo pueden ser...  Mejor a La Gran Muralla.
-Lo que tú quieras mamá, está decidido. ¿En avión o en el tren?
-¿Y cuánto tarda el tren de alta velocidad en llegar a Beijng?
-Unas seis horas.
-Pues elijo ir en tren para ver los campos, los pueblos, las ciudades, los ríos las montañas..., me va a encantar ver todo eso de cerca.
-Pues mañana salimos.
-¡Esto parece un sueño, otro sueño más!


Y, ya están los billetes reservados y ya vamos camino de la estación del tren, una estación enorme, donde todos los trenes de salidas y llegadas son de alta velocidad, es una estación solo para la alta velocidad, y siendo un día cualquiera de entre semana, quiero decir un día laborable, que no  es fin de semana ni coinciden fechas de puentes, vacaciones o fiestas, la estación está repleta de gente, es el tráfico del día a día de esta estación, es lo habitual, es "su normalidad".  El volumen de pasajeros que la transita a diario es impactante. Aquí vemos gente extranjera, no es nada frecuente encontrarte con extranjeros, no hay apenas.
Cómo no, la estación también es nueva, todo a tu alrededor huele a nuevo, la inteligencia artificial se hace presente, pantallas y más pantallas, cintas informativas electrónicas. Tiendas supermodernas, restaurantes. Irreconocibles y sorprendentes formas de pago a la última. Zonas de descanso, rigurosos controles y más controles similares a los que se realizan en los aeropuertos...
Es solo una estación de tren, pero es una enormidad, impresiona la construcción desde el suelo hasta el techo, impresiona la actividad que mueve y la muchedumbre que la puebla en un día cualquiera, impacta como si estuvieras en una estación de ferrocarril perteneciente a otro mundo.

Ahí estoy, en la estación de alta velocidad de Shanghái, pegada al paraguas-quitasol (prestado) de color amarillo
 que se convirtió en mi apéndice todas las horas y  todos los días que pasé en China,
 junto con "el tenedor"y, la inseparable botella de agua mineral.
Controles y más controles, pasajeros al tren, los andenes monumentales te encogen por dentro, la entrada al tren te expande, la amplitud, la holgura, el espacio entre asientos, las posiciones de los asientos, las tomas USB, tomas eléctricas para los alimentadores de móviles y demás artilugios, enchufes y conexiones de todos los "modelos" y tamaños discretamente colocados a la altura del suelo en cada asiento, auriculares y pantallas, la cafetería restaurante, los baños, todo grandioso, y lo mejor, al menos para mí, la luminosidad natural más de la mitad del tren es puro cristal, todo ventana, como si estuvieras fuera mirándolo todo, pero protegida tras el cristal. Imposible que seis horas ahí dentro se puedan hacer largas, máxime cuando sabes que no se te va a hacer de noche en todo el trayecto. El tren se ha puesto en marcha, el tren vuela y la sensación que se percibe en su interior y en mis adentros es como si, este tren, no se hubiese movido del sitio.

Cielo marrón, tierra verde, cantidad de agua, es la tónica del paisaje que se puede ver durante casi todo el trayecto. El paisaje avanza rápido a través de las "ventanillas" del tren de alta velocidad en su recorrido de seis horas Shanghái-Beijing.
Beijing capital del país y nombre actual de Pekín. Como sabemos están en pleno proceso unificando en UNO los múltiples idiomas que se hablan en China.

lunes, 25 de diciembre de 2017

14 ª Caminando la Concesión Francesa y el metro de Shanghái




Entre los sosiegos materiales más notables de Shanghái se encuentra el de poder transitar por sus calles y por los túneles del subsuelo con la seguridad de que nadie va a robarte la cartera, ni a pegarte un tirón del bolso, ni a atracarte.
Aquí es inconcebible la existencia de descuideros, carteristas y atracadores. La ley los mantiene a raya. Y por si esto fuera poco, hay abundante presencia policial por todas partes.Y, también por seguridad, dicen, uno se topa con muchas zonas cercadas con vallas metálicas. Unas vallas de estructura fuerte, bonita y de color oro mate pero más que bonitas son contundentes. Te das con ellas, las miras y admiras e instantáneamente sientes como una protección y también como encerrado sí, pero, sobre todo, protegido.

Cuando viajo a estos países que en poco o en nada se parecen al mío y, para poder conocerlos más y mejor, me gusta andar entre sus gentes, moverme en el transporte público, transitar las calles turísticas y también esas otras calles que no lo son. Y bajar al metro, y coger autobuses urbanos y autocares de línea, trenes, tranvías, taxis, para ver un poco más de cerca el pueblo auténtico sin disfraz para el turismo y mezclarme con las gentes del pueblo en su ambiente del día a día.



Y esto que puede parecer fácil, no lo es, para un turista no lo es, normalmente el turismo se desplaza en autocares por exclusivas rutas turísticas monumentales, comerciales etc., y van y vuelven del sitio al hotel y del hotel al sitio. A mí se me hace que viajar así con esas, vamos a llamarlas limitaciones cómodas, hacen que uno se pierda mucha o buena parte de la esencia del país. Imperdonable. Naturalmente no tiene que ser nada fácil moverse en transporte público cuando no se conoce el lugar, y en medio del desconocimiento aparecen los miedos y las inseguridades. Naturalmente no queremos que nada nos arruine el viaje.
En mi caso he tenido esa suerte de estar en dos ocasiones con mi hijo, he tenido esa gran suerte porque de no haber estado él en estos países lejanos jamás hubiera ido, además de esto, que ya es, he tenido en él al mejor guía que se pueda encontrar. Juntos hemos pateado las calles de Shanghái, dos de sus "pueblos de agua" y las calles de Beijing (Pekín) y un buen tramo de La Gran Muralla.

(También estuve con él y por él y por su hermano, en Nueva York. Pero esto es para otro cuaderno de viaje).

Especial mención merece el metro de Shanghái también por el preconcepto que tenemos de ello, de que van abarrotados y demás, pero no, al menos en Shanghái no. Destaca por los múltiples controles de seguridad que hay en absolutamente todas las estaciones al entrar y salir. Unos controles que a los occidentales nos resultan rigurosos y que se pueden comparar con los instalados en los aeropuertos. Destacan también los andenes larguísimos protegidos completamente por mamparas de cristal así como su moderna tecnología, a la última. Destaca la amplitud y la holgura de los vagones, los artilugios electrónicos que lo dirigen y controlan... Y, por encima de todo eso sobre sale la "vidilla" subterránea que pulula por el subsuelo de esta gigantesca ciudad, adaptándose con rapidez a los mecanismos y a todo lo que destile modernidad



Salimos a la superficie y buscamos un sitio para comer. Estamos cerca de la Concesión Francesa de Shanghái, esta zona fue la concesión de Relaciones Exteriores en Shanghái desde el año 1849 hasta el año 1946, y fue ampliado progresivamente al final del s., IXX y el principio del s.,XX. La concesión llegó a su fin en el año 1943 cuando el gobierno francés de Vichy firmó un acuerdo. Durante el s.,XX el área cubierta por la antigua Concesión Francesa fue el primer distrito residencial y comercial de Shanghái, y fue también el centro del catolicismo en Shanghái. A pesar del desarrollo en las últimas décadas, la zona conserva un carácter distinto, y se ha convertido en un destino popular.


Vamos por la zona de la Concesión Francesa buscando unos restaurantes concretos, pero ya no están, los locales están en obras o se han convertido en otros negocios. Lo que eran restaurantes hace un par de semanas pues ya no existen. Es el ritmo vertiginoso que lleva a cabo el cambio a la "modernización" de la ciudad; con lo cual, nos vemos obligados a buscar otro sitio para comer. Hoy hemos quedado con unos amigos de mi hijo que viven en Alemania y que han venido de vacaciones a China, hemos quedado para comer juntos y despedirnos, ellos vuelven a la Unión Europea al día siguiente.

Deambulamos un poco por esta zona-francesa mientras aprovechamos para ver las construcciones y las calles, es bonita y sí, también es distinta al resto de la ciudad. Aquí no vemos ningún restaurante y salimos hacia otro lado. Tenemos hambre.
Por fin encontramos un sitio, un poco lejos, pero ya estamos, huele a rico y la comida nos la sirven en seguida. Traen los platos, humeantes; pasta, carne y verdura caliente. En el centro de la mesa, para cuatro, dejan una especie de cubilete con palillos. No hay cubiertos al uso como el tenedor y el cuchillo. 



Pero yo, yo soy incapaz de manejar los palillos, soy la única de los cuatro que no sabe utilizarlos, nos partimos de risa, y los dueños del restaurante y los camareros que nos han servido la comida también, cuchichean entre ellos y se extrañan más de que esa turista extranjera no sepa comer con palillos. Pedimos un tenedor y les sonó aún más extraño. Y no, no tienen tenedores, es más, les ha costado entender eso de tenedor.

Visto lo visto, mi hijo sale por los alrededores a ver dónde se puede comprar por allí un tenedor. Y tarda, tarda un montón en volver, ha tenido que ir lejos hasta dar con el simple-tenedor. Ya puedo empezar a comer, y al hacerlo, entre el personal del restaurante se avisan unos a otros y salen todos de la cocina y se quedan ahí apoyados en la barra mirándome de una forma nada discreta viéndome comer con tenedor, como si, lo que estuvieran contemplando, fuera un atractivo programa de televisión. Aquel tenedor se puso a vivir en mi bolso de mano, ya vendría conmigo mientras durase el viaje en China.

Según dicen los originales del país; la comida ha de estar troceada; carnes, verduras y demás. Estos trocitos han de tener un tamaño calculado para que quepan bien en la boca sin que haya que cortar más, porque encima de la mesa, por costumbre, no puede haber un cuchillo, nada que tenga filo. Tampoco los tenedores, que pinchan fuerte. Solo palillos... No puedo olvidarme de cada vez que íbamos a comer o cenar y sacaba mi tenedor del bolso, era todo un espectáculo a mí alrededor. No podía ofenderme por eso, solo podía tomármelo a risa.

jueves, 21 de diciembre de 2017

13 ª Unigénito



China introdujo en 1979 una medida de control de la natalidad por la que las parejas tan solo deben tener un hijo. Científicos de tres universidades australianas explican en un estudio publicado en Science que esta medida ha afectado a la personalidad de estos “pequeños emperadores”.

La política de hijo único en China ha forjado jóvenes inseguros, pesimistas  nerviosos.
China introdujo en 1979 una medida de control a la natalidad por la que las parejas tan solo deben tener un hijo. Científicos de tres universidades australianas explican en un estudio basado en juegos económicos que explica cómo las generaciones de hijos únicos, originadas por la política china de autorizar el nacimiento de un solo hijo por pareja, ha desencadenado una sucesión de descendientes más inseguros y pesimistas que aquellos que nacieron antes de fuera implantada la norma.

Sugerimos que podría ser preocupante que esta generación de hijos únicos carezca de capacidad empresarial, ya que puede tener consecuencias económicas negativas.
"Es posible que ser hijo único afecte a las personas de una manera similar en otros estados, sin embargo, los antecedentes familiares también influyen en el comportamiento. Es decir, en la mayoría los padres pueden decidir cuántos hijos van a tener y esta capacidad de elección puede afectar a cómo se crían los hijos"

(Sciencie) 
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Se me iban los ojos mirando a todas las personas que por edad pertenecieran a la época de los unigénitos. Y miraba con descaro hasta donde me alcanzaba la vista, y las miraba, conmovida, auscultando sus gestos, sus facciones, sus ojos, su pelo, su físico, cómo me hubiese gustado poder mirar dentro de todas ellas. 

No podía pensar en si "eso que les han hecho" ha sido bueno o malo para el progreso del país, ni si serán o no personas económicamente productivas. Solo me cabía pensar en su infancia, su adolescencia, en su juventud y en su mundo de adultos. En todo lo que esos-niños se habían perdido sin tener hermanos, sin tener primos, sin tener tíos, sin tener cuñados, sin tener sobrinos..., Y cómo una política puede tener poder sobre las personas para racionar descendientes como si fueran productos de alimentación en aquellas cartillas de racionamiento (de la posguerra) que nos contaban nuestros mayores...

Yo no podía pensar ni estaba en mi ánimo discernir si esto está siendo o había sido bueno o malo para una gran mayoría de la población, solo me cabía el sentimiento y la compasión de que estas generaciones han pagado un precio muy alto, tan alto que no se podría comprar jamás ni tampoco resarcir en todo lo que les quede de vida, y, me dieron mucha pena. Solo sentí tristeza por ellas por las consecuencias emocionales que esto pueda o haya podido arrastrar.
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“No supe lo que es tener un hermano o hermana. Lo normal en la gente de mi edad, los nacidos en los ochenta, era ser hijos únicos. Por eso se nos describe como la generación más egoísta y más independiente, porque crecimos en un entorno en el que no teníamos que compartir nada, y lo entendíamos como algo positivo”, cuenta Ivy.
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Por dictado del régimen, los niños chinos son casi todos hijos únicos. Se temía, por eso, que los jóvenes chinos se criaran como niños mimados. En realidad, son niños demasiado exigidos, explica Catherine Bennett en “The Guardian” (9 noviembre 2004)

sábado, 9 de diciembre de 2017

12 ª Un sueño a mi alcance


Escribía al amanecer. Escribo en mi cuarto mientras los demás van despertando. Escribo"cartas al destino"en mi cuaderno de notas y también, en la misma agenda, ordeno el aglutinado de datos que voy anotando como en un diario personal y lo apunto todo; fechas, detalles, sensaciones, imágenes, climatología  y etcéteras, todo para mis cuadernos de viaje.

Allí, en la madrugada de los días de la segunda quincena de agosto, "escribiendo al destino" en el silencio de las primeras luces naturales de la mañana que se hacen a eso de las 04:40 Am. Allí, en mi cuarto de Shanghái volcada en mi cuaderno de notas, mientras el sol va tomando altura, mientras por la ventana se cuela cierto aroma a glutamato mezclado con las notas de una música relajante; son los vecinos de la comunidad haciendo sus ejercicios matutinos de Tai Chi, Chi Kung en el parque, es la costumbre, como lo es después de cenar que salgan a bailar coreografías en parques y jardines.

Y..., no, no me pude resistir, lo requetepensé con mucho pudor, y, animada por mi hijo, bajé con ellos a practicar mi Tai Chí Chi Kung occidental. Indescriptibles las sensaciones, yo practicando mi Tai Chí en el país de origen entre chinos, con los chinos, allí en los jardines a la sombra de la arboleda mientras el aire nos regalaba una ligera brisa matutina que hace mover los kimonos, los abanicos y las ramas de los árboles. Allí entre aquella luminosidad que nos brindaba la primera media hora del sol de la mañana mezclada con las relajantes notas que proyecta el exquisito y sofisticado aparato de música extendiendo los sonidos por todo el entorno como en una megafonía celestial, como en un coro de ángeles que te eleva y te hace sentir como ascendido al Universo.



Y..., he de decir, tengo que decir que fueron tan generosos conmigo que hasta me elogiaron con aplausos y hablaron después con mi hijo para decirle que hacía "muy bien" el Tai Chí. ¡Por todos los cielos...! Como un sueño, como otro sueño más, como irreal, pero era de verdad... ¡Qué osadía la mía! Pero cuánto me alegro de haber bajado a mezclarme con ellos para practicar su arte milenario, lo vi como una ocasión única, yo misma no podía negármela. La vida, el destino, o quien sea, me la habían puesto allí, a mi alcance, justo debajo de la ventana de mi cuarto.

viernes, 24 de noviembre de 2017

11 ª "Ciudad sobre el mar"



No late el corazón de esta ciudad, acompasado, sus latidos suenan a taquicardias gigantes.
Ciudad en el mar o ciudad sobre el mar es el significado del nombre de Sanghái una de las ciudades más pobladas del mundo, alrededor de veintiséis millones de habitantes a día de hoy. Una ciudad, a los ojos del viajero, que está en plena efervescencia, ya no es "ciudad de país emergente" eso ya ha quedado atrás. Es presente. El futuro, aquí, ya es presente. Y continúa creciendo tanto en sus espectaculares edificios verticales denominados urbanismo de futuro, como en sus ultramodernas tecnologías. Aquí, las aplicaciones de los teléfonos móviles hacen milagros, solo citaré una, apenas si se utiliza ya el dinero en metálico, nadie lleva dinero, está anticuado. La megaciudad de Shanghái está en constante crecimiento a todos los niveles; renovándose, actualizándose, día a día, minuto a minuto, a una velocidad de vértigo.
Todo tiene un tamaño enorme o descomunal, todo nuevo, como de estreno; en el metro los andenes larguísimos van  protegidos, aislados de las vías, en su totalidad, por puertas y mamparas de cristal. sorprende la amplitud de los túneles, la amplitud, interior, de los vagones del metro, la amplitud en el subsuelo en todas las estaciones del metro. Todas, dotadas de controles y medidas de seguridad como las que nos encontramos en los aeropuertos.

Impresiona el renovado parque móvil por la cantidad de coches (cochazos) eléctricos. Impresiona la cantidad de bicicletas, de motos. Impresiona la multitud que abarrota todo. Impresiona la cantidad de pantallas luminosas emitiendo publicidad, por todas partes. Impresiona el tamaño, la majestuosidad y la cantidad de centros comerciales. Impresiona su cielo marrón, su sol oculto, un sol que despide un calor insoportable y sin embargo, no proyecta luz ni sombras...


                                                  - uno de los muchos centros comerciales -





La juventud cosmopolita, los niños, y los no tan jóvenes, visten elegancia por las calles, los trajes, los zapatos, las deportivas, los bolsos, los complementos, las sombrillas y los paraguas más bonitos que he visto nunca, los enarbolan hombres y mujeres jóvenes y mayores, para protegerse del calor, y, sobre todo, para evitar broncearse. Los teléfonos móviles más sofisticados que haya visto, los sombreros y pamelas, los vestidos más bonitos; sedas, gasas, muselinas..., los tejidos que no solemos ver por la calle, a diario, los diseños de pasarela..., los peinados, los colores artificiales del pelo, todo el conjunto, me hace recordar Beverly Hills en la serie de "Sensación de vivir" pero dentro de un urbanismo del futuro. Y, entonces, te invaden y consiguen sobrecogerte mil sensaciones por segundo, como si estuvieras siendo testigo directo, como si estuvieses viviendo y formando parte de algo parecido a  una escena  irreal o extraterrestre...


No, desde aquí no se aprecia, no se ve esa etiqueta occidental, no se respira ese pensamiento, ese preconcepto de lentitud, de relax y de calma, aunque esta sea una ciudad china. No, no late el corazón de esta ciudad, acompasado.

viernes, 17 de noviembre de 2017

10ª Cajitas de laca, cajas de hojalata


- fotos, Ramsés -




Apenas se han cumplido veinticuatro horas desde que llegué a China, a Shanghái. Y después de haber estado dentro de la impactante y espectacular y recién nacida y etiquetada, por mí, como "ciudad del futuro" aún carente de historia, empiezo a echar de menos esas otras construcciones cargadas de tiempo situadas en el pasado. Aquellas construcciones que yo veía pintadas en las cajitas negras de laca y en aquellas otras cajas de lata, rectangulares, en las que se envasaba el ColaCao. Aquellas cajas de cuando éramos pequeños que nuestras madres tenían por casa. En estas cajas se guardaban fotos, hilos, medicamentos, botones, postales, papeles, etc., según el cartelito que llevase la lata..., hilos, costura, fotos, medicinas... Aquellos dibujos con casitas de tejados curvados, de jardines, de pagodas, de abanicos gigantes, de paipáis, de naturaleza, árboles, lagos poblados de plantas de loto, de flores de loto, patos, barquitos, puentes, todo estaba ahí, trasladado a un escenario natural y a tamaño natural y en su entorno natural y cargado de años.


Entre agua y vegetación, reconocí aquellos árboles, aquellas construcciones, aquellos barcos, aquellos patitos, aquellos puentes de los dibujos de las cajas de laca, de las cajas de lata del ColaCao de mi edad adolescente. Cómo me gustaba mirar aquellas cajas, me gustaban por lo exótico, por lo lejano, porque jamás podría ver aquello al natural, porque quizá ya ni existieran, solo en las películas y en aquellas cajas de hojalata y en las cajitas negras de laca decoradas con aquellos dibujos de paisajes chinos...


Inalcanzables paisajes que me encantaban. Y, cincuenta años después los tengo ante mí, a nuestro alrededor, ahí están, ahí estamos, caminando entre ellos, entre calles y calles de casitas de tejados curvados, de farolillos rojos, de pagodas, de agua, de puentes, de árboles, de jardines, de templos, de palacios... El tiempo está parado, callado, añejo. Habla, elocuente, el silencio, las construcciones nos cuentan su historia, su vida del pasado, su simbolismo con historias de emperadores, de templos, de palacios y jardines, de casas de los altos funcionarios, de casitas sencillas de gente sencilla, de los árboles, de los puentes... Están todos los dibujos de las cajitas como en un sueño, como en un sueño que en este momento, en este mismo instante acabara de hacerse realidad...


A las cinco de la tarde se cierran los espacios públicos, entre ellos los lugares turísticos, a las seis es la hora de la cena, y, a las siete de la tarde de agosto empieza a morir el día, pero no por ello se vacían las calles sino todo lo contrario, a esa hora precisa de, entre dos luces, la multitud se echa a la calle abarrotando aún más los centros neurálgicos de la capital. La iluminación de los edificios viste a la noche de gala, de brillo, de colores, de magnificencia, de magia.