lunes, 25 de diciembre de 2017

14 ª Caminando la Concesión Francesa y el metro de Shanghái




Entre los sosiegos materiales más notables de Shanghái se encuentra el de poder transitar por sus calles y por los túneles del subsuelo con la seguridad de que nadie va a robarte la cartera, ni a pegarte un tirón del bolso, ni a atracarte.
Aquí es inconcebible la existencia de descuideros, carteristas y atracadores. La ley los mantiene a raya. Y por si esto fuera poco, hay abundante presencia policial por todas partes.Y, también por seguridad, dicen, uno se topa con muchas zonas cercadas con vallas metálicas. Unas vallas de estructura fuerte, bonita y de color oro mate pero más que bonitas son contundentes. Te das con ellas, las miras y admiras e instantáneamente sientes como una protección y también como encerrado sí, pero, sobre todo, protegido.

Cuando viajo a estos países que en poco o en nada se parecen al mío y, para poder conocerlos más y mejor, me gusta andar entre sus gentes, moverme en el transporte público, transitar las calles turísticas y también esas otras calles que no lo son. Y bajar al metro, y coger autobuses urbanos y autocares de línea, trenes, tranvías, taxis, para ver un poco más de cerca el pueblo auténtico sin disfraz para el turismo y mezclarme con las gentes del pueblo en su ambiente del día a día.



Y esto que puede parecer fácil, no lo es, para un turista no lo es, normalmente el turismo se desplaza en autocares por exclusivas rutas turísticas monumentales, comerciales etc., y van y vuelven del sitio al hotel y del hotel al sitio. A mí se me hace que viajar así con esas, vamos a llamarlas limitaciones cómodas, hacen que uno se pierda mucha o buena parte de la esencia del país. Imperdonable. Naturalmente no tiene que ser nada fácil moverse en transporte público cuando no se conoce el lugar, y en medio del desconocimiento aparecen los miedos y las inseguridades. Naturalmente no queremos que nada nos arruine el viaje.
En mi caso he tenido esa suerte de estar en dos ocasiones con mi hijo, he tenido esa gran suerte porque de no haber estado él en estos países lejanos jamás hubiera ido, además de esto, que ya es, he tenido en él al mejor guía que se pueda encontrar. Juntos hemos pateado las calles de Shanghái, dos de sus "pueblos de agua" y las calles de Beijing (Pekín) y un buen tramo de La Gran Muralla.

(También estuve con él y por él y por su hermano, en Nueva York. Pero esto es para otro cuaderno de viaje).

Especial mención merece el metro de Shanghái también por el preconcepto que tenemos de ello, de que van abarrotados y demás, pero no, al menos en Shanghái no. Destaca por los múltiples controles de seguridad que hay en absolutamente todas las estaciones al entrar y salir. Unos controles que a los occidentales nos resultan rigurosos y que se pueden comparar con los instalados en los aeropuertos. Destacan también los andenes larguísimos protegidos completamente por mamparas de cristal así como su moderna tecnología, a la última. Destaca la amplitud y la holgura de los vagones, los artilugios electrónicos que lo dirigen y controlan... Y, por encima de todo eso sobre sale la "vidilla" subterránea que pulula por el subsuelo de esta gigantesca ciudad, adaptándose con rapidez a los mecanismos y a todo lo que destile modernidad



Salimos a la superficie y buscamos un sitio para comer. Estamos cerca de la Concesión Francesa de Shanghái, esta zona fue la concesión de Relaciones Exteriores en Shanghái desde el año 1849 hasta el año 1946, y fue ampliado progresivamente al final del s., IXX y el principio del s.,XX. La concesión llegó a su fin en el año 1943 cuando el gobierno francés de Vichy firmó un acuerdo. Durante el s.,XX el área cubierta por la antigua Concesión Francesa fue el primer distrito residencial y comercial de Shanghái, y fue también el centro del catolicismo en Shanghái. A pesar del desarrollo en las últimas décadas, la zona conserva un carácter distinto, y se ha convertido en un destino popular.


Vamos por la zona de la Concesión Francesa buscando unos restaurantes concretos, pero ya no están, los locales están en obras o se han convertido en otros negocios. Lo que eran restaurantes hace un par de semanas pues ya no existen. Es el ritmo vertiginoso que lleva a cabo el cambio a la "modernización" de la ciudad; con lo cual, nos vemos obligados a buscar otro sitio para comer. Hoy hemos quedado con unos amigos de mi hijo que viven en Alemania y que han venido de vacaciones a China, hemos quedado para comer juntos y despedirnos, ellos vuelven a la Unión Europea al día siguiente.

Deambulamos un poco por esta zona-francesa mientras aprovechamos para ver las construcciones y las calles, es bonita y sí, también es distinta al resto de la ciudad. Aquí no vemos ningún restaurante y salimos hacia otro lado. Tenemos hambre.
Por fin encontramos un sitio, un poco lejos, pero ya estamos, huele a rico y la comida nos la sirven en seguida. Traen los platos, humeantes; pasta, carne y verdura caliente. En el centro de la mesa, para cuatro, dejan una especie de cubilete con palillos. No hay cubiertos al uso como el tenedor y el cuchillo. 



Pero yo, yo soy incapaz de manejar los palillos, soy la única de los cuatro que no sabe utilizarlos, nos partimos de risa, y los dueños del restaurante y los camareros que nos han servido la comida también, cuchichean entre ellos y se extrañan más de que esa turista extranjera no sepa comer con palillos. Pedimos un tenedor y les sonó aún más extraño. Y no, no tienen tenedores, es más, les ha costado entender eso de tenedor.

Visto lo visto, mi hijo sale por los alrededores a ver dónde se puede comprar por allí un tenedor. Y tarda, tarda un montón en volver, ha tenido que ir lejos hasta dar con el simple-tenedor. Ya puedo empezar a comer, y al hacerlo, entre el personal del restaurante se avisan unos a otros y salen todos de la cocina y se quedan ahí apoyados en la barra mirándome de una forma nada discreta viéndome comer con tenedor, como si, lo que estuvieran contemplando, fuera un atractivo programa de televisión. Aquel tenedor se puso a vivir en mi bolso de mano, ya vendría conmigo mientras durase el viaje en China.

Según dicen los originales del país; la comida ha de estar troceada; carnes, verduras y demás. Estos trocitos han de tener un tamaño calculado para que quepan bien en la boca sin que haya que cortar más, porque encima de la mesa, por costumbre, no puede haber un cuchillo, nada que tenga filo. Tampoco los tenedores, que pinchan fuerte. Solo palillos... No puedo olvidarme de cada vez que íbamos a comer o cenar y sacaba mi tenedor del bolso, era todo un espectáculo a mí alrededor. No podía ofenderme por eso, solo podía tomármelo a risa.

jueves, 21 de diciembre de 2017

13 ª Unigénito



China introdujo en 1979 una medida de control de la natalidad por la que las parejas tan solo deben tener un hijo. Científicos de tres universidades australianas explican en un estudio publicado en Science que esta medida ha afectado a la personalidad de estos “pequeños emperadores”.

La política de hijo único en China ha forjado jóvenes inseguros, pesimistas  nerviosos.
China introdujo en 1979 una medida de control a la natalidad por la que las parejas tan solo deben tener un hijo. Científicos de tres universidades australianas explican en un estudio basado en juegos económicos que explica cómo las generaciones de hijos únicos, originadas por la política china de autorizar el nacimiento de un solo hijo por pareja, ha desencadenado una sucesión de descendientes más inseguros y pesimistas que aquellos que nacieron antes de fuera implantada la norma.

Sugerimos que podría ser preocupante que esta generación de hijos únicos carezca de capacidad empresarial, ya que puede tener consecuencias económicas negativas.
"Es posible que ser hijo único afecte a las personas de una manera similar en otros estados, sin embargo, los antecedentes familiares también influyen en el comportamiento. Es decir, en la mayoría los padres pueden decidir cuántos hijos van a tener y esta capacidad de elección puede afectar a cómo se crían los hijos"

(Sciencie) 
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Se me iban los ojos mirando a todas las personas que por edad pertenecieran a la época de los unigénitos. Y miraba con descaro hasta donde me alcanzaba la vista, y las miraba, conmovida, auscultando sus gestos, sus facciones, sus ojos, su pelo, su físico, cómo me hubiese gustado poder mirar dentro de todas ellas. 

No podía pensar en si "eso que les han hecho" ha sido bueno o malo para el progreso del país, ni si serán o no personas económicamente productivas. Solo me cabía pensar en su infancia, su adolescencia, en su juventud y en su mundo de adultos. En todo lo que esos-niños se habían perdido sin tener hermanos, sin tener primos, sin tener tíos, sin tener cuñados, sin tener sobrinos..., Y cómo una política puede tener poder sobre las personas para racionar descendientes como si fueran productos de alimentación en aquellas cartillas de racionamiento (de la posguerra) que nos contaban nuestros mayores...

Yo no podía pensar ni estaba en mi ánimo discernir si esto está siendo o había sido bueno o malo para una gran mayoría de la población, solo me cabía el sentimiento y la compasión de que estas generaciones han pagado un precio muy alto, tan alto que no se podría comprar jamás ni tampoco resarcir en todo lo que les quede de vida, y, me dieron mucha pena. Solo sentí tristeza por ellas por las consecuencias emocionales que esto pueda o haya podido arrastrar.
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“No supe lo que es tener un hermano o hermana. Lo normal en la gente de mi edad, los nacidos en los ochenta, era ser hijos únicos. Por eso se nos describe como la generación más egoísta y más independiente, porque crecimos en un entorno en el que no teníamos que compartir nada, y lo entendíamos como algo positivo”, cuenta Ivy.
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Por dictado del régimen, los niños chinos son casi todos hijos únicos. Se temía, por eso, que los jóvenes chinos se criaran como niños mimados. En realidad, son niños demasiado exigidos, explica Catherine Bennett en “The Guardian” (9 noviembre 2004)

sábado, 9 de diciembre de 2017

12 ª Un sueño a mi alcance


Escribía al amanecer. Escribo en mi cuarto mientras los demás van despertando. Escribo"cartas al destino"en mi cuaderno de notas y también, en la misma agenda, ordeno el aglutinado de datos que voy anotando como en un diario personal y lo apunto todo; fechas, detalles, sensaciones, imágenes, climatología  y etcéteras, todo para mis cuadernos de viaje.

Allí, en la madrugada de los días de la segunda quincena de agosto, "escribiendo al destino" en el silencio de las primeras luces naturales de la mañana que se hacen a eso de las 04:40 Am. Allí, en mi cuarto de Shanghái volcada en mi cuaderno de notas, mientras el sol va tomando altura, mientras por la ventana se cuela cierto aroma a glutamato mezclado con las notas de una música relajante; son los vecinos de la comunidad haciendo sus ejercicios matutinos de Tai Chi, Chi Kung en el parque, es la costumbre, como lo es después de cenar que salgan a bailar coreografías en parques y jardines.

Y..., no, no me pude resistir, lo requetepensé con mucho pudor, y, animada por mi hijo, bajé con ellos a practicar mi Tai Chí Chi Kung occidental. Indescriptibles las sensaciones, yo practicando mi Tai Chí en el país de origen entre chinos, con los chinos, allí en los jardines a la sombra de la arboleda mientras el aire nos regalaba una ligera brisa matutina que hace mover los kimonos, los abanicos y las ramas de los árboles. Allí entre aquella luminosidad que nos brindaba la primera media hora del sol de la mañana mezclada con las relajantes notas que proyecta el exquisito y sofisticado aparato de música extendiendo los sonidos por todo el entorno como en una megafonía celestial, como en un coro de ángeles que te eleva y te hace sentir como ascendido al Universo.



Y..., he de decir, tengo que decir que fueron tan generosos conmigo que hasta me elogiaron con aplausos y hablaron después con mi hijo para decirle que hacía "muy bien" el Tai Chí. ¡Por todos los cielos...! Como un sueño, como otro sueño más, como irreal, pero era de verdad... ¡Qué osadía la mía! Pero cuánto me alegro de haber bajado a mezclarme con ellos para practicar su arte milenario, lo vi como una ocasión única, yo misma no podía negármela. La vida, el destino, o quien sea, me la habían puesto allí, a mi alcance, justo debajo de la ventana de mi cuarto.

viernes, 24 de noviembre de 2017

11 ª "Ciudad sobre el mar"



No late el corazón de esta ciudad, acompasado, sus latidos suenan a taquicardias gigantes.
Ciudad en el mar o ciudad sobre el mar es el significado del nombre de Sanghái una de las ciudades más pobladas del mundo, alrededor de veintiséis millones de habitantes a día de hoy. Una ciudad, a los ojos del viajero, que está en plena efervescencia, ya no es "ciudad de país emergente" eso ya ha quedado atrás. Es presente. El futuro, aquí, ya es presente. Y continúa creciendo tanto en sus espectaculares edificios verticales denominados urbanismo de futuro, como en sus ultramodernas tecnologías. Aquí, las aplicaciones de los teléfonos móviles hacen milagros, solo citaré una, apenas si se utiliza ya el dinero en metálico, nadie lleva dinero, está anticuado. La megaciudad de Shanghái está en constante crecimiento a todos los niveles; renovándose, actualizándose, día a día, minuto a minuto, a una velocidad de vértigo.
Todo tiene un tamaño enorme o descomunal, todo nuevo, como de estreno; en el metro los andenes larguísimos van  protegidos, aislados de las vías, en su totalidad, por puertas y mamparas de cristal. sorprende la amplitud de los túneles, la amplitud, interior, de los vagones del metro, la amplitud en el subsuelo en todas las estaciones del metro. Todas, dotadas de controles y medidas de seguridad como las que nos encontramos en los aeropuertos.

Impresiona el renovado parque móvil por la cantidad de coches (cochazos) eléctricos. Impresiona la cantidad de bicicletas, de motos. Impresiona la multitud que abarrota todo. Impresiona la cantidad de pantallas luminosas emitiendo publicidad, por todas partes. Impresiona el tamaño, la majestuosidad y la cantidad de centros comerciales. Impresiona su cielo marrón, su sol oculto, un sol que despide un calor insoportable y sin embargo, no proyecta luz ni sombras...


                                                  - uno de los muchos centros comerciales -





La juventud cosmopolita, los niños, y los no tan jóvenes, visten elegancia por las calles, los trajes, los zapatos, las deportivas, los bolsos, los complementos, las sombrillas y los paraguas más bonitos que he visto nunca, los enarbolan hombres y mujeres jóvenes y mayores, para protegerse del calor, y, sobre todo, para evitar broncearse. Los teléfonos móviles más sofisticados que haya visto, los sombreros y pamelas, los vestidos más bonitos; sedas, gasas, muselinas..., los tejidos que no solemos ver por la calle, a diario, los diseños de pasarela..., los peinados, los colores artificiales del pelo, todo el conjunto, me hace recordar Beverly Hills en la serie de "Sensación de vivir" pero dentro de un urbanismo del futuro. Y, entonces, te invaden y consiguen sobrecogerte mil sensaciones por segundo, como si estuvieras siendo testigo directo, como si estuvieses viviendo y formando parte de algo parecido a  una escena  irreal o extraterrestre...


No, desde aquí no se aprecia, no se ve esa etiqueta occidental, no se respira ese pensamiento, ese preconcepto de lentitud, de relax y de calma, aunque esta sea una ciudad china. No, no late el corazón de esta ciudad, acompasado.

viernes, 17 de noviembre de 2017

10ª Cajitas de laca, cajas de hojalata


- fotos, Ramsés -




Apenas se han cumplido veinticuatro horas desde que llegué a China, a Shanghái. Y después de haber estado dentro de la impactante y espectacular y recién nacida y etiquetada, por mí, como "ciudad del futuro" aún carente de historia, empiezo a echar de menos esas otras construcciones cargadas de tiempo situadas en el pasado. Aquellas construcciones que yo veía pintadas en las cajitas negras de laca y en aquellas otras cajas de lata, rectangulares, en las que se envasaba el ColaCao. Aquellas cajas de cuando éramos pequeños que nuestras madres tenían por casa. En estas cajas se guardaban fotos, hilos, medicamentos, botones, postales, papeles, etc., según el cartelito que llevase la lata..., hilos, costura, fotos, medicinas... Aquellos dibujos con casitas de tejados curvados, de jardines, de pagodas, de abanicos gigantes, de paipáis, de naturaleza, árboles, lagos poblados de plantas de loto, de flores de loto, patos, barquitos, puentes, todo estaba ahí, trasladado a un escenario natural y a tamaño natural y en su entorno natural y cargado de años.


Entre agua y vegetación, reconocí aquellos árboles, aquellas construcciones, aquellos barcos, aquellos patitos, aquellos puentes de los dibujos de las cajas de laca, de las cajas de lata del ColaCao de mi edad adolescente. Cómo me gustaba mirar aquellas cajas, me gustaban por lo exótico, por lo lejano, porque jamás podría ver aquello al natural, porque quizá ya ni existieran, solo en las películas y en aquellas cajas de hojalata y en las cajitas negras de laca decoradas con aquellos dibujos de paisajes chinos...


Inalcanzables paisajes que me encantaban. Y, cincuenta años después los tengo ante mí, a nuestro alrededor, ahí están, ahí estamos, caminando entre ellos, entre calles y calles de casitas de tejados curvados, de farolillos rojos, de pagodas, de agua, de puentes, de árboles, de jardines, de templos, de palacios... El tiempo está parado, callado, añejo. Habla, elocuente, el silencio, las construcciones nos cuentan su historia, su vida del pasado, su simbolismo con historias de emperadores, de templos, de palacios y jardines, de casas de los altos funcionarios, de casitas sencillas de gente sencilla, de los árboles, de los puentes... Están todos los dibujos de las cajitas como en un sueño, como en un sueño que en este momento, en este mismo instante acabara de hacerse realidad...


A las cinco de la tarde se cierran los espacios públicos, entre ellos los lugares turísticos, a las seis es la hora de la cena, y, a las siete de la tarde de agosto empieza a morir el día, pero no por ello se vacían las calles sino todo lo contrario, a esa hora precisa de, entre dos luces, la multitud se echa a la calle abarrotando aún más los centros neurálgicos de la capital. La iluminación de los edificios viste a la noche de gala, de brillo, de colores, de magnificencia, de magia.




domingo, 5 de noviembre de 2017

9 ª El futuro ya es presente


Su nombre es Shanghái Tower, a estas fechas, el segundo edificio más alto del mundo con 632 metros de altura. Para acceder al mirador dispone del ascensor más rápido del mundo, sube 119 plantas en 53 segundos, la velocidad se siente y también puede hacerse visible se aprecia en la pantalla que hay dentro del ascensor. El Ascensor del Shanghái World Finantial Center, hace que te sientas como dentro de una lanzadera, el ascensorista advierte que a partir de la planta x notaremos presión en los oídos. El confort dentro del elevador es como si se estuviera flotando y, a la vez, lanzado a gran velocidad...
Lo que se divisa desde aquellas alturas es inenarrable, desde lo alto pueden invadirte y lo consiguen no sé cuántas sensaciones, entre ellas predomina la sensación de haber realizado, después de casi catorce horas de vuelo, un viaje espacial al futuro, a más de cincuenta años después. Y, que ese futuro está ahí mismo delante de tus ojos como una aparición surrealista perteneciente a esa otra dimensión de los sueños..., aquí el futuro ya es presente...

No hablaré más de estas imágenes, entre otras cosas, porque me han dejado sin palabras, solo apuntaré que entre el complejo arquitectónico recién nacido, aparece el antiguo cauce reafirmando su senda milenaria. Las aguas del río Amarillo, ahí mismo, ahora, en nuestros tiempos, en este tardecer de agosto del 2017. La corriente sigue su curso bordeando límites y fronteras, tierra agua, serpenteando entre calles principales y grandes avenidas de la capital asiática. Mirarlo desde las alturas o desde la cercanía de sus orillas, admirar esa extensión de agua, tiene el poder de transportarnos en solo unos segundos, a la época de la creación del mundo, y te provoca, y te da por pensar que, el río lleva ahí, inamovible, desde los tiempos de los tiempos, el mismo río que, todavía, bordea la gigantesca metrópolis del s., XXI ...


La imagen de portada de este blog está disparada desde el mirador de la planta 119 (el rascacielos consta de 128 plantas, el mirador se encuentra en la 119) y corresponde al Centro Financiero Mundial de Shanghái  (Pudong) 


fotos: Ramsés


lunes, 30 de octubre de 2017

8ª - Viaje espacial al futuro (Skyline de Shanghái)

Ahora que ya estoy aquí se me hace que el día pasó como en un soplo seguido de una noche fugaz y sin hacerse oscura... Son casi las ocho de la mañana hora de Shanghái.
Mi hijo y yo vamos a coger el tren que nos lleva del aeropuerto al centro neurálgico de la capital, no es cualquier tren, es nada menos que el tren de levitación magnética considerado, hasta  el momento, el más rápido del mundo. Ahí está delante de mis ojos, parece una nave espacial en forma de gusano gigante de esas que salen en las películas de ciencia ficción. Me quedo obnubilada mirando y admirándolo, reconozco que me da un poco de miedo entrar, pero prefiero ni pensarlo, la curiosidad y la expectación es mucho más grande que mi miedo. Dentro las sensaciones también se echan a volar a gran velocidad, sí, siento como si estuviera dentro de una de esas pelis de ciencia ficción.

Cómo dicen que funciona: no tiene contacto con ninguna superficie, está sustentado en un campo de gravitación magnética, que sirve también para propulsar el vehículo. Tren Maglev Shanghái Pudong. Impresiona, sobrecoge.
El tren nos deja en el Centro Financiero Pudong. Y aquí piso por vez primera la calle, en contraste con la temperatura de aires acondicionados en la que había estado en las últimas quince horas, el calor húmedo me aplasta, la sensación es como si alguien hubiera abierto la puerta del horno, de un horno enorme. Apenas damos una vuelta entre los inmensos rascacielos  me veo en la necesidad de entrar en cualquier sitio donde no se sienta este agobiante calor... Ahí hay un Starbucks café, me resulta tan familiar..., Madrid tiene varias franquicias de estos locales, se está fresquito. Estos cafés Starbucks están de moda en China y gozan de cierto prestigio, allí nos quedamos un buen rato amortiguando el calor espantoso e inimaginable, nada que ver con el de aquel verano en Alicante, he de empezar a asumirlo si no es muy posible que me arruine el viaje. Agua y mas agua, botella tras botella de agua mineral que, a partir de ya, vendrán conmigo a toda partes.

Esta es la primera foto en China, un selfie como se dice ahora, esta foto con mi hijo es la primera de cientos de fotos que vendrían después en ese afán mío de querer fotografiarlo todo. Pisar este suelo, el calor de estas tierras, la humedad, las calles llenas de gente, la multitud con sombrillas o paraguas intentando amortiguar el calor abrasador de un sol invisible. Personas de todas las edades con mascarillas. El cielo marrón, el sol que no alumbra, el sol sin sombras, el sol que semeja una luna de día, de color blanco, como de color de nube. El contraste del color verde aporta frescura al ambiente aunque solo sea una ilusión óptica, la cantidad de árboles que abundan por las calles han de poner sombras en las aceras y hacer que la densa atmósfera metropolitana se soporte un poco mejor. Pero solo en la imaginación, porque no se distingue, no se aprecia el sol y sombra. Es un sol sin sombra oculto en un cielo de color marrón.

El entorno, la multitud, la metrópoli, la mega ciudad, pensar que por aquí transitan cerca de veintiséis millones de habitantes, el parque móvil con sus coches eléctricos de alta gama, se mezclan con avalanchas de bicicletas, motos, taxis, autobuses, tranvías, mini vehículos modernos y otros tantos que parecen hechos de fabricación casera. La extrañeza de los chinos ante los extranjeros..., sorprende que se queden mirando sin discreción alguna y más cuando se acercan y piden, por favor, si pueden hacerse una foto contigo, simplemente por ser extranjero...

Adentrarse en la arquitectura del distrito financiero Pudong. Deambular entre las alturas entre la magnificencia de sus edificios es más que impresionante, uno puede llegar, en el mismo momento, a sentirse grande y también del tamaño de una hormiga, el entorno te invade, te sobrepasa  y te ocupa la tremenda sensación de estar realizando un viaje espacial al futuro ante todo aquello tan excesivo en su línea... Y tan nuevo todo y, hoy por hoy, tan carente de historia.





domingo, 29 de octubre de 2017

7ª - Y la luz se hizo



A buen paso, y todos en la misma dirección nos dirigimos a los puestos de control que se ven a lo lejos. Ante nosotros, múltiples pasillos trazados con cintas separadoras distribuyen a los pasajeros en distintas direcciones, uno no puede evitar sentirse como dentro de un laberinto. Me detengo unos instantes para sacar mis gafas, de cerca, del bolso de mano, un bolso grande que llevo a rebosar de cosas, por fin las localizo, las saco del estuche, guardo el estuche, me pongo las gafas y compruebo una vez más que el formulario va dentro del pasaporte, emprendo la marcha de nuevo mientras voy echando un vistazo a mi "salvoconducto" Levanto los ojos de los papeles y me veo rodeada de mis compañeros de pasillo originales del país, solo chinos, la vista no me alcanza a ver a ningún occidental ni siquiera veo a mi compañero de asiento que llevaba todo el rato de aeropuerto pegado literalmente pegado a mi derecha, a dos pasos ¿es que no me ha visto desaparecer para haberme avisado de que me equivocaba de "cinta separadora"? Todos las personas chinas que tengo a mi alrededor me miran con extrema curiosidad y murmuran entre ellas. 


Ya estoy más que segura de que algo he hecho mal, me he perdido entre la multitud y no estoy en el sitio que debería estar ¡ay, Dios mío! A un buen tramo de distancia localizo un policía o a mí me lo parece, uniformado, armado..., y paso por debajo de la cinta separadora y voy hacia él (la oveja ha salido del redil) todo el mundo mira y sé que hablan de mí aunque yo no entienda nada de lo que dicen. Ya sé, me he perdido, gracias compañero de asiento por dejar que me perdiera, ¿será posible!?  ¡Estirado...!

El supuesto-policía me ve llegar, a lo lejos, y me mira con cara de circunstancias, pero yo sigo derechita a él.  Y él, por fin, viene a mi encuentro, lo primero de todo, dice:

 -¿Speak english?

Eso si lo entiendo, está dentro de mi vocabulario de las diecisiete palabras en inglés que sé. El policía me mira, estupefacto, al oír mi respuesta de NO ¡no!. Creo, firmemente, que el hombre se estaba preguntando ¿qué hace esta mujer aquí sin saber hablar inglés? Yo se lo leía en su mueca de poema.

-NO ¡no!, le respondo así de rotunda al tiempo que le muestro mi pasaporte abierto por la página del  sellado de la visa o visado.


Él se asoma a la página durante unos segundos y con mímica me indica que le siga hasta allí, hasta donde están las ventanillas de control, y sonríe. Yo lo sigo durante los casi cien metros de distancia cruzando por los claros que dejan los pasillos de las cintas separadoras. Cuando vamos acercándonos a control veo a mi compañero de asiento a la vez que él también me contempla con cara de circunstancias. Por orden de la fila ya le tocaba a él pasar a ventanilla, pero el policía que me acompaña, en vez de dejarme en el final de la cola, me deja en el mostrador de control justo cuando iba a pasar mi compañero-estirado, también en ese momento habló su cara, sin decir nada, algo avergonzado me pareció que estaba, cuando me vio aparecer delante de sus ojos "robándole" su lugar de orden en la fila de extranjeros. Así ocurren las cosas, así los caprichos de la vida, nos coloca, nos cambia, nos trae y nos lleva de un sitio a otro, aunque uno se haya perdido, la vida lo encuentra y va y lo coloca el primero de la fila... 

-¡¡¡Thank you!!!  -le digo, efusiva, al poli, con mi más sincero agradecimiento.

-OKEY, bye -me responde con una bonita sonrisa.     

Y se hizo luz ese instante en que pude recoger mi equipaje de la cinta transportadora, y se hizo más luz en el momento en que se abrió la puerta de la sala de espera y vi a mi hijo en primera fila rozando, traspasando esa otra cinta separadora, y allí el espachurrante abrazo, largo, largo, tan largo y tan fuerte como aguantaron las costillas, tan profundo como aguantó la respiración, como aguantó el huracán de emociones que hacía dar saltos al corazón derramando lágrimas de alegría y de..., y de... ¡Y la luz se hizo!

viernes, 27 de octubre de 2017

6ª - ¡Hágase la luz...!


El avión ha tomado tierra y está tardando una eternidad en detenerse, por la ventanilla se ven aterrizar otros aviones, y a lo lejos, otros tantos levantan el vuelo. El avión de Iberia, mi avión, sigue rodando. Desde la ventanilla todavía no se vislumbra el edificio del aeropuerto, rueda un poco más y de pronto saltan los pilotitos de luz anunciando que podemos desabrocharnos los cinturones, el avión se ha parado, suenan algunos aplausos por la nave. Como en un resorte todos nos ponemos en pie, todos queremos dejar ya el asiento, los pasillos se colapsan recogiendo equipajes de mano y otros, sin él, se dirigen hacia las puertas de salida tratando de llegar los primeros, los más nos quedamos parados casi en el sitio del asiento porque aquello no avanza, se ha formado un gran atasco.


La impaciencia, mi impaciencia, también se hace notar y se rebela y me revuelve por dentro y se ensancha y me va como llenando y me ocupa toda y amenaza con volverse llanto. Quiero llegar a la sala de espera, quiero ver a mi hijo, quiero abrazar a mi hijo y lo quiero ya, ya mismo ¡ahora mismo!

Invadiendo el espacio físico de las personas hay quienes, a trompicones, consiguen  abrirse hueco y avanzar por el pasillo, pero yo no quiero que me apretujen ni que me aplasten el bolso ni que no pueda controlar el pasaporte y el formulario que llevo en mi mano derecha como un salvoconducto. 

Increíble, pero pasado un buen rato, aquella turba ha conseguido descongestionarse y ya fluye, fluye en riguroso orden de no invasión de los espacios físicos entre personas, ha entrado en la normalidad  de una fila ordenada en movimiento. Nos movemos hacia la salida. Andamos el túnel transparente y portátil que une y comunica la puerta del avión con la entrada en el aeropuerto, caminamos ligeros, más que ligeros, ansiosos por llegar.


Todo el pasaje del avión que somos muchos, no sé cuantos, pero muchos, caminamos juntos como en rebaño, nos dirigimos a la zona de controles, de vista ya nos conocemos, cada departamento del avión camina junto a sus compañeros de vuelo, a mi derecha, casi pegando a mi, va mi compañero de viaje el chico-estirado que camina diligente con su mochila de loneta como si se moviera por su casa en aquel espacio infinito del aeropuerto gigante de Shanghái que muestra, para mi disgusto, todos los indicadores escritos en chino y en inglés, no sé por donde voy, pero sigo la manada en una relativa calma cuando, de pronto, salen todos corriendo en desbandada. Y, aunque ya no tengo cuarenta años, como aparenta mi compañero de asiento, consigo seguir el ritmo que de nuevo se amortigua, ahí estamos todos, otra vez, rodeados de los conocidos desconocidos.

lunes, 16 de octubre de 2017

5ª - Como en las nubes


Con la suma de todas estas "abstracciones" y sobre todo con la emoción del viaje, las horas de reloj empezaban a acortarse. Pero a mí lo que más me atrae es mirar por la ventanilla y observar en pantalla el avance del trayecto, paso a paso. Lo demás, casi todo lo demás que ofrece el vuelo dentro del avión, lo tenía en mi cotidianidad diaria, me refiero a lectura, al cuaderno de notas, música, películas, documentales, prensa, mi cámara de fotos, mi viejo y anticuado móvil sin conexión a Internet. Todas esas cosas que llevamos encima, más o menos y que van con nosotros a todas partes. 
Mirar el cielo desde esa altura, atravesar las nubes, cruzar países desde lo alto a no sé cuántos kilómetros por hora, pero muchos, eso no podía hacerlo todos los días, con lo cual, me pegué al cristal de la ventanilla y al cristal de la pantalla siguiendo el dibujo del avioncito que me iba contando al minuto, dónde estábamos:


Madrid, Segovia, Aranda de Duero, Burgos, Vitoria, Bilbao, Golfo de Vizcaya, Francia - París, Bruselas, Ámsterdam, Mar del Norte, Kattegat -lago mar- Copenhague, Suecia, Mar Báltico, Golfo de Finlandia, San Petesburgo, Montes Urales, (Rusia) Uray -muchos lagos, Frente Norte (Mar de Kara - Océano Ártico) sur de Kazajistan (Rusia) Mongolia, Desierto de Gobi, norte de Corea del Sur, China, Pekín-Beijing mar de China Oriental, Shanghái...


Llegados a este punto, a través de la ventanilla se aprecian como tres alturas de nubes de diferentes formas según la capa de altitud, sobrecogedor y bello espectáculo que se va haciendo más impactante, si cabe, cuando aparece el sol en todo su esplendor en todo el medio del óvalo de la ventana y se percibe como por debajo de la altura del avión, por debajo del nivel del ala, miras abajo y ves el disco solar, perfecto en su forma y en su brillo..., se refleja en el mar en la desembocadura del río Amarillo. Agua, agua, es agua, haciendo efecto espejo... un "trampantojo" tan "real"...

Estamos llegando a Shanghái. Las emociones apenas calmadas, apenas adormecidas, empiezan a despertar, a revolverse por dentro, a querer salir por los ojos, arrastrando el corazón en su carrera, acelerando sus rítmicos latidos, después una voz de hombre por megafonía..., "señores pasajeros habla el capitán..., estamos llegando al aeropuerto de Shanghái donde aterrizaremos a la 01:30 de la mañana hora española, 07:30 de la mañana hora de Shanghái." Y continua informando sobre, temperatura y climatología a día de hoy.

Las pantallas incorporadas a los asientos muestran el final del trayecto, no se ha hecho largo, entre expectantes raciones de ventanilla mezcladas de esperanza, visualizando, en infinitas intermitencias el encuentro con mi hijo en la sala de espera del aeropuerto, ese abrazo, el espachurrante abrazo que nos va a hacer crujir las costillas. Ahora que estoy tan cerca se me hace que el día pasó, como en un soplo, seguido de una noche fugaz y sin hacerse oscura, apenas si se hizo la noche como en uno de esos viajes espaciales de cine.

Apenas si puedo ya parar en el asiento. La impaciencia que no ha asolado las horas de vuelo hace acto de presencia y amenaza con levantarme del asiento antes de lo debido. Es ahora que solo quedan minutos, pocos minutos, para dejar el avión cuando empieza a hacerse más largo el viaje. Quiero bajar ya, quiero ver a mi hijo, ya, lo estoy viendo en mi imaginación esperándome en el aeropuerto...


domingo, 15 de octubre de 2017

4ª - Uno de los tres espacios de la "cápsula" herméticamente cerrada




El avión se llena a partes iguales de españoles, chinos y gentes de otros países europeos y de otros continentes, aunque en menor proporción. Hay muchos niños, los chinos llevan muchos niños que se portan admirablemente durante el largo trayecto, entretenidos con sus "maquinitas" cuentos en formato papel, juguetes, pelotitas antiestrés, pero es con las pantallas que llevan incorporadas los asientos, con lo que más se entretienen, rebuscan en el menú entre la variedad de películas; temas, idiomas, subtituladas, documentales, programación infantil con dibujos animados, vídeos musicales, etc., los adultos también nos hemos pegado a esas pantallas, sobre todo, consultamos el mapa de ruta del avión, el itinerario de 10.263 kilómetros hasta Shanghái.

Además de la prensa internacional que ofrecen las azafatas, los mayores vamos provistos de libros, y algunos de cuadernos de notas. Yo llevo la novela que estaba leyendo, Los buscadores de conchas de Rosemunde Pilcher, es la primera vez que leo a esta autora, casualmente por un comentario que me hizo una lectora de "Los hilvanes del tiempo" cuando me dijo: Isa, al leerte ahí, me has recordado a la escritora Rosamunde Pilcher. Yo no había oído nada de esta autora, así que bajé a la biblioteca y cogí "Los buscadores de conchas",al parecer, esta es su novela más famosa de las muchas que ha escrito, y ya me había leído la mitad cuando inicié el viaje.

De compañero de asiento llevo un chico español de unos cuarenta y pocos años, de apariencia altiva,  trato correcto y poco hablador, intercambiamos unas frases a las horas de las comidas y, en un momento dado, él me dice que sobrevolábamos el mar Báltico, y, poco más, en todo el vuelo, el chico no supo mi nombre ni yo me interesé por el suyo. También iba metido en su libro de papel "Cuatro libros" se titulaba, creo que eran filosofías de Confucio, y también de cuando en cuando abría su bloc de notas y escribía a boli.

El sol de media noche se cuela por las ventanillas hasta deslumbrar, se bajan todos los estores y el avión se queda en la acogedora penumbra de las lucecitas de lectura y del resplandor de las pantallas de plasma de cada asiento. Luz, luces artificiales para alumbrar la noche artificial. De pronto, se siente frío, el avión ha debido subir mucho más alto o quizá sea la zona que estamos sobrevolando. Se despliegan las mantas, las mantitas rojas del pasaje y el interior del avión se vuelve de color rojo. En poco tiempo, todos duermen, aparentemente todos se han dormido menos mi compañero de asiento y yo que leemos en nuestros libros de papel, escribimos a boli en los cuadernos de notas  y consultamos la pantalla de ruta a ver por dónde llegamos, en silencio, todo en silencio, se ha hecho el silencio. En medio segundo hago un abrir y cerrar, subo unos centímetros la ventanilla y aparece con un fino borde de escarcha. Escarcha en agosto, me digo, qué grande, qué bonito. El compañero de asiento levanta los ojos del libro y echa un vistazo a ese abrir y cerrar, todo en silencio, después continuamos leyendo y escribiendo, calladitos.

Cuando el personal del avión nos pasó el formulario a rellenar, escrito en chino y en inglés, mi compañero de asiento lo rellenó en dos segundos, yo me levanté con mi papel y me fui hasta el sitio donde están las azafatas, con su ayuda pude rellenar dicho formulario.

Parece ser que ya no se habla en los viajes con el compañero de al lado como se hacía hace unos años, ahora cada quien va con la atención metida en sus cosas. Se sale  mentalizado desde casa de todas las horas que va a durar el vuelo, y se hace acopio de  provisiones, de todas esas cosas que gusta hacer y que se pueden llevar consigo durante el viaje.

sábado, 14 de octubre de 2017

3ª - Solo podía ser un sueño, pero no lo era

Terminal t4 Satélite, aeropuerto Adolfo Suarez Madrid Barajas
Habían pasado no sé cuántos años desde la última vez que lo utilicé. Fue en Nueva York, estuvimos  ocho días en la primavera de Nueva York. Mientras intentaba dar con él, entre cajones y carpetas, no podía ni hacerme a la idea de lo que estaba haciendo. Buscaba el pasaporte para irme a China..., a Shanghái. ¡Un sueño, solo podía ser un sueño! Pero no, no lo era. Por fin di con él, justo acababa de caducar hacía dos meses y unos días, aunque su aspecto era impecable, como nuevo, solo lo había usado una vez en diez años.

-Hace mucho calor aquí -advirtió mi hijo- un calor húmedo ¿podrás con él?

 Mis hijos, mi familia y todo mi entorno, saben que llevo fatal el calor.

-Podré, claro que podré (ilusa de mí; inocente, ingenua), -no creo que ahí haga más calor que aquel verano en Alicante, en aquella playa de La Albufereta, o aquel mes de julio en El Cairo, es imposible que haga más.

Pero busqué en el mapa y vi que Shanghái se encontraba dentro de los límites de la zona intertropical. ¡Por todos los cielos...!



-Más que el calor es la humedad, madre.

Yo ya no quería posponer el viaje, a saber el próximo año, a saber... Más joven que hoy no iba a ser..., y, podrían pasar tantas cosas hasta otro año...

-Seguro que podré son dos semanas. Iré de todas formas, al año que viene seré un año mayor y además no sé si para el año que viene podré hacer este viaje, ni si podré cambiar mis vacaciones para que no coincida con los meses de verano, no sé...

-Veniros los dos.

Pero Nasser no podía, tenía mucho trabajo. qué pena, qué ocasión de haber podido estar los tres con los tres, para los tres. De pronto, me ha venido a la memoria aquel viaje del verano de 1986, ellos tenían seis y cuatro años cuando hicimos Madrid-El Cairo, El Cairo-Madrid, en nuestro coche, aquel R-5 GTL, cinco puertas de color negro, ida y vuelta, casi dos meses de viaje.


El Consulado chino está en Agustín de Foxá, frente a la estación de Chamartín, cerca de casa. ¡Qué bien! Formularios, papeles, más papeles, esperas, fotos..., renovar el pasaporte, sacar el visado... Casi dos meses llevaba de papeleo y todavía no podía creerme que viajaría a China, que estaría con mi hijo todos esos días, que celebraríamos su cumpleaños, por fin, juntos, que podría llevar ese regalo de embutido, queso y pan, que tanto echaba de menos y tanto le gustaba.

Y ya estaba ahí, como flotando, en la terminal T-4 salidas internacionales, facturando el equipaje, pasando los controles, esperando el tren dentro del aeropuerto, ese tren automático, subterráneo, guiado sin conductor, que conecta las dos terminales y que habría de trasladarme a la t4 Satélite para coger el avión de la compañía Iberia destino Shanghái. Aproximadamente unas catorce horas de vuelo.

viernes, 13 de octubre de 2017

2ª - Planifica lo que no sabrás que vas a hacer


Que satisfacción cuando los hijos ya pueden independizarse y hacer y vivir de aquello que les gusta..., quizá sea una de las mejores cosas que nos da la vida, sí, tal vez la mejor, para las madres digo, como madre hablo.

Para eso crecen, para eso se preparan, para eso se educan, para cuando llegue el día de ser independientes económica y emocionalmente en su vuelo.  En ese vuelo emocional que apenas si se tiene en cuenta la distancia esa distancia en kilómetros, que también. También tiene su valía y su mérito, mucho mérito.



Y, es también en ese preciso momento cuando el corazón de madre se parte en dos, y una mitad está pletórica por aquello que han alcanzado en su vuelo y la otra mitad le llora por dentro, la emotividad se clava ahí dentro, muy dentro, mientras contempla su nido vacío en esta otra ley de la vida que, cuando se cumple, te alegra y te entristece a la vez y lo sufres y lo disfrutas con la misma intensidad...
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¿Yo, a China? Jamás, tan lejos..., con esa escala en Dubái o en Moscú... sin saber idiomas, solo sé diecisiete palabras en inglés y muy mal pronunciadas..., me perdería en los aeropuertos. Además soy mayor, ya estoy mayor. Te digo que no, pero me gustaría.
-Nunca se sabe. No digas nunca jamás, yo creo que sí, que mientras esté allí tu hijo irás algún día.
-... Imposible.
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Después de un año y algo
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-Mamá, que cuándo tienes las vacaciones este año. (2017)
-En agosto.
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Después de una semana
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-Mamá que ya tienes la reserva del billete para Sanghái. Ya hay vuelo directo Madrid - Shanghái. Así que busca el pasaporte y empieza a preparar el visado...
-¡Madre mía! ¡Huy por Dios...!



1ª - Porque ahí ya es mañana







Porque ahí ya es mañana. 
Hace años que no podemos celebrarlo. No coincidimos...

... pero ayer por la mañana, salí a comprar tu regalo de este año,
... lo llevo conmigo ...



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viernes, 11 de agosto de 2017...  ¡¡¡Muy Feliz Cumpleaños hijo!!! ...
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-Mamá, que no me voy al fin del mundo... (Ramsés)

... yo no podía dejar de sentir lo que sentía, ni tampoco podía mirar de otra manera ...

-Venga, os hago una foto antes de que mamá se nos eche a llorar... (Nasser)

... había otra mirada saliendo a través del objetivo de la cámara, los ojos de su hermano ...
... ahí estábamos los tres mirando lo mismo, viviendo el mismo instante ...
¡como para olvidarlo...!

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Aeropuerto Adolfo Suarez Madrid Barajas
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sábado, 16 de septiembre de 2017

A 10.263 km. el futuro ya es presente






- Fotos: Ramsés -
  • La imagen de portada de este Blogger está disparada desde el mirador de la planta 119 (el rascacielos tiene 128 plantas, el mirador está en la 119) y corresponde al Centro Financiero Mundial de Shanghái (Pudong).
  • Es el segundo edificio más alto del mundo con 632 metros de altura, llamado Shanghái Tower. Para acceder al mirador tienen el ascensor más rápido del mundo, sube 119 plantas en 53 segundos, la velocidad se siente y también se aprecia a través de la pantalla que hay dentro del ascensor. El Ascensor del Shanghái World Finantial Center se percibe como una lanzadera, el ascensorista advierte que, a partir de la planta x notaremos presión en los oídos. 
  • El confort dentro del elevador es como si se estuviera flotando  y a la vez, lanzado a gran velocidad...
  • Lo que se divisa desde aquellas alturas es inenarrable, solo apuntaré que, en la esquina superior izquierda de las imágenes se encuentran las aguas del río Amarillo, inmenso río navegable.